miércoles, 23 de mayo de 2012

Oscuridad


I
Caminaba en aquella noche trágica entre la oscuridad de calles mal iluminadas, ciega de la locura, dentro de un mar de tormentos que se arremolinaban en su mente.  

-¿Un lejano recuerdo o una pesadilla?- se pregunta mientras camina lentamente por esa calle solitaria, lejana, distante en el tiempo. –No logro comprender por qué tengo estos recuerdos- piensa inútilmente. Caminar es lo único que la lleva a la salvación, al momentáneo perdón, un inútil esfuerzo por desterrarse de aquellas marcas que le impiden seguir viviendo. Marcas que aparecieron como estigmas. Así el tiempo fugaz, intangible, áspero como una lija, le fue desgastando, dejándole liviana, ligera, lívida ante su meteórica desaparición en el horizonte de su corta vida. Estos pensamientos inundaban su mente mientras llegaba a aquel parque de altos cipreses, viejos y grisáceos. Un camino de adoquines descompuestos llevaba a la plaza central, las bancas roídas por el tiempo hacían guardia celosamente y aquel lugar solitario cargado de nostalgia, de encuentros y desencuentros, de amores fugaces y rencores, de risas y llantos, de crujir de madera añeja y solitaria fue un escenario más de su desdicha.

-Parece que todo va llegando a su final- lamentándose sin importarle mucho sus propias palabras. Se detuvo bajo la sombra de uno de los cipreses y se sentó sobre sus raíces gruesas y agrietadas. La tierra estaba húmeda, un camino de hormigas se abría paso por la maleza y se internaba entre los arrabales de su mundo, entre las llanuras extensas que se abrían de una banca a otra.  Que insignificantes, que maravillosas, ignoran la existencia del universo, ¿por qué los seres tan pequeños deben sufrir tanto como nosotros? ¿Es que nosotros sufrimos tanto como Dios?- se preguntaba; un ave grita desde la copa de un ciprés, invisible, oculta tras el follaje espeso del antiguo árbol. Un ave que sin duda la ha visto sentada al pie de ese árbol. Un ave que ahora conoce su existencia como conoce la existencia de una piedra en su camino. –soy la nada en la vida de un ave, mientras esa ave quedará grabada en mi memoria, para siempre. Su alto grito, su grito verde-gris, aquel grito desesperado en los últimos momentos del mundo- sollozó.

Se detuvo a pensar mientras observaba los árboles, necesitaba demorar el fin, aún con tanto dolor dentro de sí le aterraba la idea de que todo llegara a su fin, la incertidumbre de la nada, la incertidumbre del dolor y el sufrimiento, y comprendió que muchas de las cosas que ahora sentía las habían sentido otros hombres y mujeres desde los inicios de la raza humana.
Sus fuerzas empezaron a desvanecerse y una nausea insoportable hizo necesario que aspirara aire profundamente, sus ojos se fueron nublando lentamente hasta quedar profundamente dormida.

Años antes a aquellos acontecimientos Elena vivía una vida normal, con sueños y aspiraciones. Sus familiares y amigos admiraban profundamente su dedicación  a la lectura, a la filosofía y la psicología.
Con el transcurso de los años Elena se fue volviendo cada vez mas abstraída en un mundo hermético en el que sus amigos y familiares no tenían cabida. Nunca se conoció algún pretendiente, nunca expreso algún signo de rebeldía durante su adolescencia, siempre aceptó los consejos y las ordenes de su madre. Su vida estaba resuelta desde muy temprano pues vivía en una familia acomodada y tendría muy pocas  cosas por las que preocuparse.
Sus ojos se fueron apagando con el tiempo, su mirada cambió del cielo al pavimento. Poco a poco se fue advirtiendo en ella signos de depresión, de estrés, de un agotamiento indefinido, -cómo si el mundo depositara todo su peso sobre sus hombros-diría enigmáticamente el único amigo que se mantuvo a su lado hasta el fin. Aquel fin inesperado, incomprensible.

Sí, la carga de éste mundo se hizo muy pesada, indefensa en la soledad de la imperfección que percibía de éste mundo, la asfixiaban las ataduras de la perfección que exigía su alma a un mundo que negaba entregársela.

-Un cuento, solo uno de tantos es el que recuerdo, la voz de mi abuelo decía lentamente “En el lejano Japón una geisha trató de huir de sus deberes, su mente divagó por el mundo, por el tiempo, por los años…”, no logro recordar cómo continuaba, pero si debiera inventar un cuento diría

“En el pasado más antiguo la primer mujer no encuentra consuelo en un mundo donde a alguien se le ocurrió crearla a partir de otro ser. Que imposibilidad siendo la mujer la portadora de la vida, el inicio de todo, el amanecer cargado de estrellas, el trueno intempestivo que destroza al silencio, la mujer que inicia su camino. La mujer prisionera”.

–¡Cuantos gritos por Dios!- gritó Elena que despertó ignorando donde se encontraba. Al abrir los ojos recordó que había caminado por el parque y una nausea y un sueño muy pesado había caído sobre sus ojos obligándola a recostar su cabeza sobre aquel alto árbol.
-Dentro de poco todo terminará- pensó, observó como pasaron las horas, el sol fue apareciendo en el horizonte.
II
Nadie entendía que le había sucedido a Elena, -ella era como nosotras- decían sus hermanas, -iba al cine, a los centros comerciales, se interesaba por la moda, por los programas de televisión, iba a la iglesia todos los domingos, nunca se metía en problemas- decían con una voz llena de pesar.

-Quisiera que mi cuerpo se hiciera polvo en un río, que las aves destrozaran mi cuerpo, que mis cenizas se vuelvan una flor en el campo, que mi rostro alcance el cielo y vea las estrellas y el firmamento tan cerca hasta quedarme ciega, hasta que la razón que me ha llevado a este extremo se convierta en puñal y atraviese mi vientre, que toda esta mentira se desvanezca en la realidad- susurraba en su interior mientras un grito del alma se lanzaba al mundo en gotas que se arrastraban por sus mejillas.

-Conmigo muere la locura, todo aquello que una vez me hizo normal ante la sociedad, muero en la locura de este mundo donde el cuerdo es loco y la normalidad se mide por el grado de estupidez e inconsecuencia que se tenga. Soy extremista, soy anarquista, soy existencialista, soy la unión del despojo material y la reivindicación de todo el dolor que sufren tantas en este mundo, soy el fin de las aspiraciones de otros.

Sí, son tan materialistas que extrañarán mi cuerpo y no mi pensamiento. Conmigo mueren costumbres, rutinas. Me perderé entre el polvo y el viento. Sí, son tan hipócritas que añorarán mi sonrisa y no mi llanto, extrañarán mi normalidad y no mi locura- pensaba en un arrebato de ira mientras las lágrimas continuaban cayendo por su rostro.

Cuántas veces éste tipo de pensamientos rondaron por su mente. Poco a poco estos episodios se hicieron más frecuentes. Los psicólogos diagnosticaban estrés, delirio de persecución, esquizofrenia, paranoia.  
III
Al despertar se encontraba viajando en un bus que la conducía a su casa.
Al bajar del bus una copiosa llovizna cubría el ambiente, el cielo gris y el viento frio hacía que los transeúntes corrieran en búsqueda de refugio. Las lejanas luces de los autos, los lejanos pasos de la gente que corría en aquella madrugada la hacía sentir como una extraña en un lugar al que no pertenecía. La llovizna empañaba las ventanas y poco a poco las calles fueron quedando vacías, un perro corría sin saber a donde ir. Ahora los altos arboles se han transformado en postes de alambrado eléctrico que gotean desde su imponente altura, contra el cielo se dibujan los senderos de los miles de cables que surcan el aire de un lugar a otro.
Camina sin pensar, como una autómata. Se detiene frete a una casa con jardín y a través de las ventanas apenas logra distinguir una extraña silueta que la ve y una habitación alumbrada parcamente.

Los rasgos del invierno se hacen presentes y su necesidad de refugiarse es instintiva. Corre sin pensar el rumbo que debe tomar mientras sus pies se mojan sin que se dé cuenta.
Recuerda aquellos días de su niñez, aquel invierno, la vista desde su ventana donde las gotas de lluvia golpeaban copiosamente. Su pequeña mano deslizándose por el frio y húmedo cristal, -no, no volverán aquellos lejanos días- solloza. El imposible pasado se disuelve como aire entre las manos. La voz de su abuelo que le llama, el cálido aroma de la comida, la contemplación de la vida desde una ventana. Allí donde sus sueños fueron construidos, bajo el cielo gris y la tormenta. Su signo, ahora lo comprende, es la añoranza.

Al llegar frente a su casa ve a través de las ventanas la silueta de su padre. Un horror desenfrenado recorre su cuerpo. Todo su cuerpo sucumbe ante el delirio, la llovizna que empapaba su ropa ahora se ha hecho presente y hela sus manos y sus pies. Deja caer nuevamente su cuerpo ante el miedo de recorre frente a sus ojos. -¿Qué era lo que temía? ¿Qué era lo que la perseguía?- se preguntará su único amigo, el ultimo, aquel que la acompañó hasta el fin.
IV
En la ciudad continuaba lloviendo, su cuerpo postrado entre los matorrales del barrio de Pedregal, un barrio de casas muy pobres, construidas con lamina, madera y cartón, allí en sus últimos momentos ella habrá recordado los juegos inocentes, las gotas inocentes, el olor a tierra mojada que a todos nos consuela. -¿Por qué nos consuela tanto Dios mio?- diría en uno de sus últimos momentos de lucidez.
Comprendió en su último momento que el mundo se derramaba hacia dentro, se derretía y se iba por el caño como una manifestación de la fragilidad de todo lo que creemos real. Los arquetipos son los únicos que permanecen. Todo se derrumba sobre si mismo. El peso de la realidad correspondía a la de una pluma en la palma de la mano. Este fin último le hizo ver que era imposible aceptar la farsa que todos los demás vivían. Ella moría, pero moría libre. No le ataba nada material. Siendo así, ¿para qué sirve todo lo material que se posee en pocos años en el mundo? ¿Para qué? -Qué locura- decía con el poco aire que le restaba. Ya no recordaba como había llegado allí, ni estaba consiente de la terrible forma con la que estaba a punto de morir.

-Odio este lugar, lo odio con todas mis fuerzas, las personas que viven en el, la desidia y la tranquilidad. No, no están tranquilos, están dormidos, no son felices, son autómatas. Apenas diferencias lo real de lo ilusorio. ¡No merezco vivir en un lugar así!- decía mientras su cuerpo temblaba del dolor. Sus piernas contraídas una sobre otra tratando de calmar el terrible dolor que sentía en su vientre. Sus brazos que se extendían y se arremolinaban sobre la tierra tratando de levantarla de ese lugar, tratando de arrastrar su cuerpo hacia un lugar y pedir ayuda. Todo parecía imposible.

-¡Dios! ¡Ahora estás en tantos lugares, ahora no te reconozco entre tantos rostros que tienes, todos se mofan de conocerte, de estar a tu lado, de ser tu siervo, de servirte fielmente y sin reproches! ¿Qué puedo hacer yo si no se donde encontrarte? Estás en tantos lugares que parece que mi corazón no es digno de tenerte, sin conocerte, ¿es verdad que no estás en mí? Quisiera no creer, jamás haber creído. Pero sigo buscando la respuesta. Tantos hablan de ti y yo permanezco callada, no reconozco las voces que dicen tu nombre. Están muy lejos, parados sobre un escenario, vestidos con ornamentos muy suntuosos, no te distingo entre la multitud ¿Quién eres?-

-¿Mamá estás allí? Papá no está aquí, se fue al cielo. ¿Quién soy?... ¿mamá?, ¿abuelito?- No puede evitar llorar mientras sueña abrazar su almohada desesperadamente. La lluvia continúa mientras un líquido cae por sus mejillas también. El olor a tierra mojada llega desde fuera. Con sus ojos cerrados ve el mundo de su infancia. -¿mamá?, ¿abuelito?, ¡me siento muy sola, no logro ver, aquí dentro está muy oscuro! ¡Papá me trajo aquí! Solo escucho su voz y siento sus manos…- ya las pocas palabras se van derramando de su boca, afuera del sueño su cuerpo se encuentra tirado entre matorrales y sus órganos se cuecen bajo la influencia del líquido ingerido.
V

Diciembre de 2012.

Querido amigo:

De niña en una ocasión salí por la noche de mi cuarto y escuche como mi abuelo platicaba con mi madre. Ambos sentados en la mesa del comedor, tomando algo que humeaba mientras afuera un viento muy fuerte hacía mover todas las hojas de los raquíticos árboles del frente. Caminé hacia calle, sin rumbo alguno, viendo al cielo, viendo solamente las nubes grises y el cielo oscuro con estrellas tan lejanas. No sabía hacia donde me dirigía, solo supe que tenía que caminar, salir de mi casa y caminar. A los pocos metros una vecina me traía de vuelta a casa. Mamá creyó que fue solo una travesura. Yo creo que siempre he tratado de huir. Esta nostalgia que me invade ahora siempre ha estado allí, latente, oculta.

Vi una luz que subía al cielo como una luciérnaga, blanca y azul, gris-azul, blanca-gris. La vi por el parque Lezama, en el barrio de Pedregal, hace tantos años. Iba de la mano con mi abuelo. Al pasar frente a una casa con jardín al frente vi la silueta de alguien que nos observaba a través del cristal. En ese lejano día, el viento soplaba fuertemente,  de alguna manera siento que debo volver a ese barrio, algún día volveré.
La silueta de mi padre es un pequeño retrato sobre la librera. Allí ha estado inmóvil. Nunca lo conocí en realidad, cuando trato de recordarlo todo se vuelve borroso, un lejano olor a sangre vuelve a mi mente. Nunca vi a madre llorar por él. Lo odie y lo ame por igual. Ahora lo extraño tanto.

La razón que busco, es saber ¿Por qué? ¿Por qué papá se tuvo que ir tan temprano? Allá en lo más profundo de mí ser lo recuerdo. Detrás de su retrato los libros de Trosky, Lenin, Marx, Mao, Nietzsche, Kropotkin y otros tantos se amontonan. Esos libros protegen su retrato, son el único recuerdo que me queda de él. Su letra a los costados. Mi nombre en una de las líneas. Esa luz que subió al cielo, aun la recuerdo claramente. Allí va volando, aun no sé que es, probablemente nunca lo sabré. No. Ahora yo puedo volar tras de ella, ver realmente, mientras todo se cierra, mientras todo se derrama aquí.

Dime amigo, ¿Cómo estás tú?

Un fuerte abrazo.

Elena.