I
Caminaba en aquella noche trágica
entre la oscuridad de calles mal iluminadas, ciega de la locura, dentro de un
mar de tormentos que se arremolinaban en su mente.
-¿Un lejano recuerdo o una pesadilla?- se pregunta mientras camina
lentamente por esa calle solitaria, lejana, distante en el tiempo. –No logro comprender por qué tengo estos
recuerdos- piensa inútilmente. Caminar es lo único que la lleva a la
salvación, al momentáneo perdón, un inútil esfuerzo por desterrarse de aquellas
marcas que le impiden seguir viviendo. Marcas que aparecieron como estigmas.
Así el tiempo fugaz, intangible, áspero como una lija, le fue desgastando,
dejándole liviana, ligera, lívida ante su meteórica desaparición en el
horizonte de su corta vida. Estos pensamientos inundaban su mente mientras
llegaba a aquel parque de altos cipreses, viejos y grisáceos. Un camino de
adoquines descompuestos llevaba a la plaza central, las bancas roídas por el
tiempo hacían guardia celosamente y aquel lugar solitario cargado de nostalgia,
de encuentros y desencuentros, de amores fugaces y rencores, de risas y llantos,
de crujir de madera añeja y solitaria fue un escenario más de su desdicha.
-Parece que todo va llegando a su final- lamentándose sin importarle
mucho sus propias palabras. Se detuvo bajo la sombra de uno de los cipreses y
se sentó sobre sus raíces gruesas y agrietadas. La tierra estaba húmeda, un
camino de hormigas se abría paso por la maleza y se internaba entre los
arrabales de su mundo, entre las llanuras extensas que se abrían de una banca a
otra. –Que insignificantes, que maravillosas, ignoran la existencia del
universo, ¿por qué los seres tan pequeños deben sufrir tanto como nosotros? ¿Es
que nosotros sufrimos tanto como Dios?- se preguntaba; un ave grita desde
la copa de un ciprés, invisible, oculta tras el follaje espeso del antiguo
árbol. Un ave que sin duda la ha visto sentada al pie de ese árbol. Un ave que
ahora conoce su existencia como conoce la existencia de una piedra en su
camino. –soy la nada en la vida de un
ave, mientras esa ave quedará grabada en mi memoria, para siempre. Su alto grito,
su grito verde-gris, aquel grito desesperado en los últimos momentos del mundo-
sollozó.
Se detuvo a pensar mientras
observaba los árboles, necesitaba demorar el fin, aún con tanto dolor dentro de
sí le aterraba la idea de que todo llegara a su fin, la incertidumbre de la
nada, la incertidumbre del dolor y el sufrimiento, y comprendió que muchas de
las cosas que ahora sentía las habían sentido otros hombres y mujeres desde los
inicios de la raza humana.
Sus fuerzas empezaron a desvanecerse
y una nausea insoportable hizo necesario que aspirara aire profundamente, sus
ojos se fueron nublando lentamente hasta quedar profundamente dormida.
Años antes a aquellos
acontecimientos Elena vivía una vida normal, con sueños y aspiraciones. Sus
familiares y amigos admiraban profundamente su dedicación a la lectura, a la filosofía y la psicología.
Con el transcurso de los años
Elena se fue volviendo cada vez mas abstraída en un mundo hermético en el que
sus amigos y familiares no tenían cabida. Nunca se conoció algún pretendiente,
nunca expreso algún signo de rebeldía durante su adolescencia, siempre aceptó
los consejos y las ordenes de su madre. Su vida estaba resuelta desde muy
temprano pues vivía en una familia acomodada y tendría muy pocas cosas por las que preocuparse.
Sus ojos se fueron apagando con
el tiempo, su mirada cambió del cielo al pavimento. Poco a poco se fue
advirtiendo en ella signos de depresión, de estrés, de un agotamiento indefinido,
-cómo si el mundo depositara todo su peso
sobre sus hombros-diría enigmáticamente el único amigo que se mantuvo a su
lado hasta el fin. Aquel fin inesperado, incomprensible.
Sí, la carga de éste mundo se
hizo muy pesada, indefensa en la soledad de la imperfección que percibía de
éste mundo, la asfixiaban las ataduras de la perfección que exigía su alma a un
mundo que negaba entregársela.
-Un cuento, solo uno de tantos es el que recuerdo, la voz de mi abuelo
decía lentamente “En el lejano Japón una geisha trató de huir de sus deberes,
su mente divagó por el mundo, por el tiempo, por los años…”, no logro recordar
cómo continuaba, pero si debiera inventar un cuento diría
“En el pasado más antiguo la primer mujer no encuentra consuelo en un
mundo donde a alguien se le ocurrió crearla a partir de otro ser. Que
imposibilidad siendo la mujer la portadora de la vida, el inicio de todo, el
amanecer cargado de estrellas, el trueno intempestivo que destroza al silencio,
la mujer que inicia su camino. La mujer prisionera”.
–¡Cuantos gritos por Dios!- gritó Elena que despertó ignorando donde
se encontraba. Al abrir los ojos recordó que había caminado por el parque y una
nausea y un sueño muy pesado había caído sobre sus ojos obligándola a recostar
su cabeza sobre aquel alto árbol.
-Dentro de poco todo terminará- pensó, observó como pasaron las
horas, el sol fue apareciendo en el horizonte.
II
Nadie entendía que le había sucedido
a Elena, -ella era como nosotras-
decían sus hermanas, -iba al cine, a los
centros comerciales, se interesaba por la moda, por los programas de televisión,
iba a la iglesia todos los domingos, nunca se metía en problemas- decían
con una voz llena de pesar.
-Quisiera que mi cuerpo se hiciera polvo en un río, que las aves destrozaran
mi cuerpo, que mis cenizas se vuelvan una flor en el campo, que mi rostro
alcance el cielo y vea las estrellas y el firmamento tan cerca hasta quedarme
ciega, hasta que la razón que me ha llevado a este extremo se convierta en
puñal y atraviese mi vientre, que toda esta mentira se desvanezca en la
realidad- susurraba en su interior mientras un grito del alma se lanzaba al
mundo en gotas que se arrastraban por sus mejillas.
-Conmigo muere la locura, todo aquello que una vez me hizo normal ante
la sociedad, muero en la locura de este mundo donde el cuerdo es loco y la
normalidad se mide por el grado de estupidez e inconsecuencia que se tenga. Soy
extremista, soy anarquista, soy existencialista, soy la unión del despojo
material y la reivindicación de todo el dolor que sufren tantas en este mundo, soy
el fin de las aspiraciones de otros.
Sí, son tan materialistas que extrañarán mi cuerpo y no mi pensamiento.
Conmigo mueren costumbres, rutinas. Me perderé entre el polvo y el viento. Sí,
son tan hipócritas que añorarán mi sonrisa y no mi llanto, extrañarán mi normalidad
y no mi locura- pensaba en un arrebato de ira mientras las lágrimas
continuaban cayendo por su rostro.
Cuántas veces éste tipo de
pensamientos rondaron por su mente. Poco a poco estos episodios se hicieron más
frecuentes. Los psicólogos diagnosticaban estrés, delirio de persecución,
esquizofrenia, paranoia.
III
Al despertar se encontraba
viajando en un bus que la conducía a su casa.
Al bajar del bus una copiosa
llovizna cubría el ambiente, el cielo gris y el viento frio hacía que los
transeúntes corrieran en búsqueda de refugio. Las lejanas luces de los autos,
los lejanos pasos de la gente que corría en aquella madrugada la hacía sentir
como una extraña en un lugar al que no pertenecía. La llovizna empañaba las
ventanas y poco a poco las calles fueron quedando vacías, un perro corría sin
saber a donde ir. Ahora los altos arboles se han transformado en postes de
alambrado eléctrico que gotean desde su imponente altura, contra el cielo se
dibujan los senderos de los miles de cables que surcan el aire de un lugar a
otro.
Camina sin pensar, como una
autómata. Se detiene frete a una casa con jardín y a través de las ventanas
apenas logra distinguir una extraña silueta que la ve y una habitación
alumbrada parcamente.
Los rasgos del invierno se hacen
presentes y su necesidad de refugiarse es instintiva. Corre sin pensar el rumbo
que debe tomar mientras sus pies se mojan sin que se dé cuenta.
Recuerda aquellos días de su niñez,
aquel invierno, la vista desde su ventana donde las gotas de lluvia golpeaban copiosamente.
Su pequeña mano deslizándose por el frio y húmedo cristal, -no, no volverán aquellos lejanos días-
solloza. El imposible pasado se disuelve como aire entre las manos. La voz de
su abuelo que le llama, el cálido aroma de la comida, la contemplación de la
vida desde una ventana. Allí donde sus sueños fueron construidos, bajo el cielo
gris y la tormenta. Su signo, ahora lo comprende, es la añoranza.
Al llegar frente a su casa ve a
través de las ventanas la silueta de su padre. Un horror desenfrenado recorre
su cuerpo. Todo su cuerpo sucumbe ante el delirio, la llovizna que empapaba su
ropa ahora se ha hecho presente y hela sus manos y sus pies. Deja caer
nuevamente su cuerpo ante el miedo de recorre frente a sus ojos. -¿Qué era lo que temía? ¿Qué era lo que la perseguía?-
se preguntará su único amigo, el ultimo, aquel que la acompañó hasta el fin.
IV
En la ciudad continuaba
lloviendo, su cuerpo postrado entre los matorrales del barrio de Pedregal, un
barrio de casas muy pobres, construidas con lamina, madera y cartón, allí en
sus últimos momentos ella habrá recordado los juegos inocentes, las gotas
inocentes, el olor a tierra mojada que a todos nos consuela. -¿Por qué nos consuela tanto Dios mio?- diría
en uno de sus últimos momentos de lucidez.
Comprendió en su último momento
que el mundo se derramaba hacia dentro, se derretía y se iba por el caño como
una manifestación de la fragilidad de todo lo que creemos real. Los arquetipos
son los únicos que permanecen. Todo se derrumba sobre si mismo. El peso de la
realidad correspondía a la de una pluma en la palma de la mano. Este fin último
le hizo ver que era imposible aceptar la farsa que todos los demás vivían. Ella
moría, pero moría libre. No le ataba nada material. Siendo así, ¿para qué sirve
todo lo material que se posee en pocos años en el mundo? ¿Para qué? -Qué locura- decía con el poco aire que
le restaba. Ya no recordaba como había llegado allí, ni estaba consiente de la
terrible forma con la que estaba a punto de morir.
-Odio este lugar, lo odio con todas mis fuerzas, las personas que viven
en el, la desidia y la tranquilidad. No, no están tranquilos, están dormidos,
no son felices, son autómatas. Apenas diferencias lo real de lo ilusorio. ¡No merezco
vivir en un lugar así!- decía mientras su cuerpo temblaba del dolor. Sus
piernas contraídas una sobre otra tratando de calmar el terrible dolor que
sentía en su vientre. Sus brazos que se extendían y se arremolinaban sobre la
tierra tratando de levantarla de ese lugar, tratando de arrastrar su cuerpo
hacia un lugar y pedir ayuda. Todo parecía imposible.
-¡Dios! ¡Ahora estás en tantos lugares, ahora no te reconozco entre
tantos rostros que tienes, todos se mofan de conocerte, de estar a tu lado, de
ser tu siervo, de servirte fielmente y sin reproches! ¿Qué puedo hacer yo si no
se donde encontrarte? Estás en tantos lugares que parece que mi corazón no es digno
de tenerte, sin conocerte, ¿es verdad que no estás en mí? Quisiera no creer,
jamás haber creído. Pero sigo buscando la respuesta. Tantos hablan de ti y yo permanezco
callada, no reconozco las voces que dicen tu nombre. Están muy lejos, parados
sobre un escenario, vestidos con ornamentos muy suntuosos, no te distingo entre
la multitud ¿Quién eres?-
-¿Mamá estás allí? Papá no está aquí, se fue al cielo. ¿Quién soy?...
¿mamá?, ¿abuelito?- No puede evitar llorar mientras sueña abrazar su
almohada desesperadamente. La lluvia continúa mientras un líquido cae por sus
mejillas también. El olor a tierra mojada llega desde fuera. Con sus ojos
cerrados ve el mundo de su infancia. -¿mamá?,
¿abuelito?, ¡me siento muy sola, no logro ver, aquí dentro está muy oscuro! ¡Papá
me trajo aquí! Solo escucho su voz y siento sus manos…- ya las pocas
palabras se van derramando de su boca, afuera del sueño su cuerpo se encuentra
tirado entre matorrales y sus órganos se cuecen bajo la influencia del líquido
ingerido.
V
Diciembre de 2012.
Querido amigo:
De niña en una ocasión salí por la noche de mi cuarto y escuche como mi
abuelo platicaba con mi madre. Ambos sentados en la mesa del comedor, tomando
algo que humeaba mientras afuera un viento muy fuerte hacía mover todas las
hojas de los raquíticos árboles del frente. Caminé hacia calle, sin rumbo
alguno, viendo al cielo, viendo solamente las nubes grises y el cielo oscuro
con estrellas tan lejanas. No sabía hacia donde me dirigía, solo supe que tenía
que caminar, salir de mi casa y caminar. A los pocos metros una vecina me traía
de vuelta a casa. Mamá creyó que fue solo una travesura. Yo creo que siempre he
tratado de huir. Esta nostalgia que me invade ahora siempre ha estado allí,
latente, oculta.
Vi una luz que subía al cielo como una luciérnaga, blanca y azul,
gris-azul, blanca-gris. La vi por el parque Lezama, en el barrio de Pedregal,
hace tantos años. Iba de la mano con mi abuelo. Al pasar frente a una casa con
jardín al frente vi la silueta de alguien que nos observaba a través del
cristal. En ese lejano día, el viento soplaba fuertemente, de alguna manera siento que debo volver a ese
barrio, algún día volveré.
La silueta de mi padre es un pequeño retrato sobre la librera. Allí ha
estado inmóvil. Nunca lo conocí en realidad, cuando trato de recordarlo todo se
vuelve borroso, un lejano olor a sangre vuelve a mi mente. Nunca vi a madre
llorar por él. Lo odie y lo ame por igual. Ahora lo extraño tanto.
La razón que busco, es saber ¿Por qué? ¿Por qué papá se tuvo que ir tan
temprano? Allá en lo más profundo de mí ser lo recuerdo. Detrás de su retrato
los libros de Trosky, Lenin, Marx, Mao, Nietzsche, Kropotkin y otros tantos se
amontonan. Esos libros protegen su retrato, son el único recuerdo que me queda
de él. Su letra a los costados. Mi nombre en una de las líneas. Esa luz que subió
al cielo, aun la recuerdo claramente. Allí va volando, aun no sé que es,
probablemente nunca lo sabré. No. Ahora yo puedo volar tras de ella, ver
realmente, mientras todo se cierra, mientras todo se derrama aquí.
Dime amigo, ¿Cómo estás tú?
Un fuerte abrazo.
Elena.
