miércoles, 23 de mayo de 2012

Oscuridad


I
Caminaba en aquella noche trágica entre la oscuridad de calles mal iluminadas, ciega de la locura, dentro de un mar de tormentos que se arremolinaban en su mente.  

-¿Un lejano recuerdo o una pesadilla?- se pregunta mientras camina lentamente por esa calle solitaria, lejana, distante en el tiempo. –No logro comprender por qué tengo estos recuerdos- piensa inútilmente. Caminar es lo único que la lleva a la salvación, al momentáneo perdón, un inútil esfuerzo por desterrarse de aquellas marcas que le impiden seguir viviendo. Marcas que aparecieron como estigmas. Así el tiempo fugaz, intangible, áspero como una lija, le fue desgastando, dejándole liviana, ligera, lívida ante su meteórica desaparición en el horizonte de su corta vida. Estos pensamientos inundaban su mente mientras llegaba a aquel parque de altos cipreses, viejos y grisáceos. Un camino de adoquines descompuestos llevaba a la plaza central, las bancas roídas por el tiempo hacían guardia celosamente y aquel lugar solitario cargado de nostalgia, de encuentros y desencuentros, de amores fugaces y rencores, de risas y llantos, de crujir de madera añeja y solitaria fue un escenario más de su desdicha.

-Parece que todo va llegando a su final- lamentándose sin importarle mucho sus propias palabras. Se detuvo bajo la sombra de uno de los cipreses y se sentó sobre sus raíces gruesas y agrietadas. La tierra estaba húmeda, un camino de hormigas se abría paso por la maleza y se internaba entre los arrabales de su mundo, entre las llanuras extensas que se abrían de una banca a otra.  Que insignificantes, que maravillosas, ignoran la existencia del universo, ¿por qué los seres tan pequeños deben sufrir tanto como nosotros? ¿Es que nosotros sufrimos tanto como Dios?- se preguntaba; un ave grita desde la copa de un ciprés, invisible, oculta tras el follaje espeso del antiguo árbol. Un ave que sin duda la ha visto sentada al pie de ese árbol. Un ave que ahora conoce su existencia como conoce la existencia de una piedra en su camino. –soy la nada en la vida de un ave, mientras esa ave quedará grabada en mi memoria, para siempre. Su alto grito, su grito verde-gris, aquel grito desesperado en los últimos momentos del mundo- sollozó.

Se detuvo a pensar mientras observaba los árboles, necesitaba demorar el fin, aún con tanto dolor dentro de sí le aterraba la idea de que todo llegara a su fin, la incertidumbre de la nada, la incertidumbre del dolor y el sufrimiento, y comprendió que muchas de las cosas que ahora sentía las habían sentido otros hombres y mujeres desde los inicios de la raza humana.
Sus fuerzas empezaron a desvanecerse y una nausea insoportable hizo necesario que aspirara aire profundamente, sus ojos se fueron nublando lentamente hasta quedar profundamente dormida.

Años antes a aquellos acontecimientos Elena vivía una vida normal, con sueños y aspiraciones. Sus familiares y amigos admiraban profundamente su dedicación  a la lectura, a la filosofía y la psicología.
Con el transcurso de los años Elena se fue volviendo cada vez mas abstraída en un mundo hermético en el que sus amigos y familiares no tenían cabida. Nunca se conoció algún pretendiente, nunca expreso algún signo de rebeldía durante su adolescencia, siempre aceptó los consejos y las ordenes de su madre. Su vida estaba resuelta desde muy temprano pues vivía en una familia acomodada y tendría muy pocas  cosas por las que preocuparse.
Sus ojos se fueron apagando con el tiempo, su mirada cambió del cielo al pavimento. Poco a poco se fue advirtiendo en ella signos de depresión, de estrés, de un agotamiento indefinido, -cómo si el mundo depositara todo su peso sobre sus hombros-diría enigmáticamente el único amigo que se mantuvo a su lado hasta el fin. Aquel fin inesperado, incomprensible.

Sí, la carga de éste mundo se hizo muy pesada, indefensa en la soledad de la imperfección que percibía de éste mundo, la asfixiaban las ataduras de la perfección que exigía su alma a un mundo que negaba entregársela.

-Un cuento, solo uno de tantos es el que recuerdo, la voz de mi abuelo decía lentamente “En el lejano Japón una geisha trató de huir de sus deberes, su mente divagó por el mundo, por el tiempo, por los años…”, no logro recordar cómo continuaba, pero si debiera inventar un cuento diría

“En el pasado más antiguo la primer mujer no encuentra consuelo en un mundo donde a alguien se le ocurrió crearla a partir de otro ser. Que imposibilidad siendo la mujer la portadora de la vida, el inicio de todo, el amanecer cargado de estrellas, el trueno intempestivo que destroza al silencio, la mujer que inicia su camino. La mujer prisionera”.

–¡Cuantos gritos por Dios!- gritó Elena que despertó ignorando donde se encontraba. Al abrir los ojos recordó que había caminado por el parque y una nausea y un sueño muy pesado había caído sobre sus ojos obligándola a recostar su cabeza sobre aquel alto árbol.
-Dentro de poco todo terminará- pensó, observó como pasaron las horas, el sol fue apareciendo en el horizonte.
II
Nadie entendía que le había sucedido a Elena, -ella era como nosotras- decían sus hermanas, -iba al cine, a los centros comerciales, se interesaba por la moda, por los programas de televisión, iba a la iglesia todos los domingos, nunca se metía en problemas- decían con una voz llena de pesar.

-Quisiera que mi cuerpo se hiciera polvo en un río, que las aves destrozaran mi cuerpo, que mis cenizas se vuelvan una flor en el campo, que mi rostro alcance el cielo y vea las estrellas y el firmamento tan cerca hasta quedarme ciega, hasta que la razón que me ha llevado a este extremo se convierta en puñal y atraviese mi vientre, que toda esta mentira se desvanezca en la realidad- susurraba en su interior mientras un grito del alma se lanzaba al mundo en gotas que se arrastraban por sus mejillas.

-Conmigo muere la locura, todo aquello que una vez me hizo normal ante la sociedad, muero en la locura de este mundo donde el cuerdo es loco y la normalidad se mide por el grado de estupidez e inconsecuencia que se tenga. Soy extremista, soy anarquista, soy existencialista, soy la unión del despojo material y la reivindicación de todo el dolor que sufren tantas en este mundo, soy el fin de las aspiraciones de otros.

Sí, son tan materialistas que extrañarán mi cuerpo y no mi pensamiento. Conmigo mueren costumbres, rutinas. Me perderé entre el polvo y el viento. Sí, son tan hipócritas que añorarán mi sonrisa y no mi llanto, extrañarán mi normalidad y no mi locura- pensaba en un arrebato de ira mientras las lágrimas continuaban cayendo por su rostro.

Cuántas veces éste tipo de pensamientos rondaron por su mente. Poco a poco estos episodios se hicieron más frecuentes. Los psicólogos diagnosticaban estrés, delirio de persecución, esquizofrenia, paranoia.  
III
Al despertar se encontraba viajando en un bus que la conducía a su casa.
Al bajar del bus una copiosa llovizna cubría el ambiente, el cielo gris y el viento frio hacía que los transeúntes corrieran en búsqueda de refugio. Las lejanas luces de los autos, los lejanos pasos de la gente que corría en aquella madrugada la hacía sentir como una extraña en un lugar al que no pertenecía. La llovizna empañaba las ventanas y poco a poco las calles fueron quedando vacías, un perro corría sin saber a donde ir. Ahora los altos arboles se han transformado en postes de alambrado eléctrico que gotean desde su imponente altura, contra el cielo se dibujan los senderos de los miles de cables que surcan el aire de un lugar a otro.
Camina sin pensar, como una autómata. Se detiene frete a una casa con jardín y a través de las ventanas apenas logra distinguir una extraña silueta que la ve y una habitación alumbrada parcamente.

Los rasgos del invierno se hacen presentes y su necesidad de refugiarse es instintiva. Corre sin pensar el rumbo que debe tomar mientras sus pies se mojan sin que se dé cuenta.
Recuerda aquellos días de su niñez, aquel invierno, la vista desde su ventana donde las gotas de lluvia golpeaban copiosamente. Su pequeña mano deslizándose por el frio y húmedo cristal, -no, no volverán aquellos lejanos días- solloza. El imposible pasado se disuelve como aire entre las manos. La voz de su abuelo que le llama, el cálido aroma de la comida, la contemplación de la vida desde una ventana. Allí donde sus sueños fueron construidos, bajo el cielo gris y la tormenta. Su signo, ahora lo comprende, es la añoranza.

Al llegar frente a su casa ve a través de las ventanas la silueta de su padre. Un horror desenfrenado recorre su cuerpo. Todo su cuerpo sucumbe ante el delirio, la llovizna que empapaba su ropa ahora se ha hecho presente y hela sus manos y sus pies. Deja caer nuevamente su cuerpo ante el miedo de recorre frente a sus ojos. -¿Qué era lo que temía? ¿Qué era lo que la perseguía?- se preguntará su único amigo, el ultimo, aquel que la acompañó hasta el fin.
IV
En la ciudad continuaba lloviendo, su cuerpo postrado entre los matorrales del barrio de Pedregal, un barrio de casas muy pobres, construidas con lamina, madera y cartón, allí en sus últimos momentos ella habrá recordado los juegos inocentes, las gotas inocentes, el olor a tierra mojada que a todos nos consuela. -¿Por qué nos consuela tanto Dios mio?- diría en uno de sus últimos momentos de lucidez.
Comprendió en su último momento que el mundo se derramaba hacia dentro, se derretía y se iba por el caño como una manifestación de la fragilidad de todo lo que creemos real. Los arquetipos son los únicos que permanecen. Todo se derrumba sobre si mismo. El peso de la realidad correspondía a la de una pluma en la palma de la mano. Este fin último le hizo ver que era imposible aceptar la farsa que todos los demás vivían. Ella moría, pero moría libre. No le ataba nada material. Siendo así, ¿para qué sirve todo lo material que se posee en pocos años en el mundo? ¿Para qué? -Qué locura- decía con el poco aire que le restaba. Ya no recordaba como había llegado allí, ni estaba consiente de la terrible forma con la que estaba a punto de morir.

-Odio este lugar, lo odio con todas mis fuerzas, las personas que viven en el, la desidia y la tranquilidad. No, no están tranquilos, están dormidos, no son felices, son autómatas. Apenas diferencias lo real de lo ilusorio. ¡No merezco vivir en un lugar así!- decía mientras su cuerpo temblaba del dolor. Sus piernas contraídas una sobre otra tratando de calmar el terrible dolor que sentía en su vientre. Sus brazos que se extendían y se arremolinaban sobre la tierra tratando de levantarla de ese lugar, tratando de arrastrar su cuerpo hacia un lugar y pedir ayuda. Todo parecía imposible.

-¡Dios! ¡Ahora estás en tantos lugares, ahora no te reconozco entre tantos rostros que tienes, todos se mofan de conocerte, de estar a tu lado, de ser tu siervo, de servirte fielmente y sin reproches! ¿Qué puedo hacer yo si no se donde encontrarte? Estás en tantos lugares que parece que mi corazón no es digno de tenerte, sin conocerte, ¿es verdad que no estás en mí? Quisiera no creer, jamás haber creído. Pero sigo buscando la respuesta. Tantos hablan de ti y yo permanezco callada, no reconozco las voces que dicen tu nombre. Están muy lejos, parados sobre un escenario, vestidos con ornamentos muy suntuosos, no te distingo entre la multitud ¿Quién eres?-

-¿Mamá estás allí? Papá no está aquí, se fue al cielo. ¿Quién soy?... ¿mamá?, ¿abuelito?- No puede evitar llorar mientras sueña abrazar su almohada desesperadamente. La lluvia continúa mientras un líquido cae por sus mejillas también. El olor a tierra mojada llega desde fuera. Con sus ojos cerrados ve el mundo de su infancia. -¿mamá?, ¿abuelito?, ¡me siento muy sola, no logro ver, aquí dentro está muy oscuro! ¡Papá me trajo aquí! Solo escucho su voz y siento sus manos…- ya las pocas palabras se van derramando de su boca, afuera del sueño su cuerpo se encuentra tirado entre matorrales y sus órganos se cuecen bajo la influencia del líquido ingerido.
V

Diciembre de 2012.

Querido amigo:

De niña en una ocasión salí por la noche de mi cuarto y escuche como mi abuelo platicaba con mi madre. Ambos sentados en la mesa del comedor, tomando algo que humeaba mientras afuera un viento muy fuerte hacía mover todas las hojas de los raquíticos árboles del frente. Caminé hacia calle, sin rumbo alguno, viendo al cielo, viendo solamente las nubes grises y el cielo oscuro con estrellas tan lejanas. No sabía hacia donde me dirigía, solo supe que tenía que caminar, salir de mi casa y caminar. A los pocos metros una vecina me traía de vuelta a casa. Mamá creyó que fue solo una travesura. Yo creo que siempre he tratado de huir. Esta nostalgia que me invade ahora siempre ha estado allí, latente, oculta.

Vi una luz que subía al cielo como una luciérnaga, blanca y azul, gris-azul, blanca-gris. La vi por el parque Lezama, en el barrio de Pedregal, hace tantos años. Iba de la mano con mi abuelo. Al pasar frente a una casa con jardín al frente vi la silueta de alguien que nos observaba a través del cristal. En ese lejano día, el viento soplaba fuertemente,  de alguna manera siento que debo volver a ese barrio, algún día volveré.
La silueta de mi padre es un pequeño retrato sobre la librera. Allí ha estado inmóvil. Nunca lo conocí en realidad, cuando trato de recordarlo todo se vuelve borroso, un lejano olor a sangre vuelve a mi mente. Nunca vi a madre llorar por él. Lo odie y lo ame por igual. Ahora lo extraño tanto.

La razón que busco, es saber ¿Por qué? ¿Por qué papá se tuvo que ir tan temprano? Allá en lo más profundo de mí ser lo recuerdo. Detrás de su retrato los libros de Trosky, Lenin, Marx, Mao, Nietzsche, Kropotkin y otros tantos se amontonan. Esos libros protegen su retrato, son el único recuerdo que me queda de él. Su letra a los costados. Mi nombre en una de las líneas. Esa luz que subió al cielo, aun la recuerdo claramente. Allí va volando, aun no sé que es, probablemente nunca lo sabré. No. Ahora yo puedo volar tras de ella, ver realmente, mientras todo se cierra, mientras todo se derrama aquí.

Dime amigo, ¿Cómo estás tú?

Un fuerte abrazo.

Elena.

domingo, 19 de febrero de 2012

Vigilia del soñado

Recostada bajo el inmenso árbol,
Cubres de tela imágenes de viento,
Mientras en este mundo oscuro yo presiento,
Que soy soñado por tus ojos y tus labios de inmóvil mármol.

Sueño que me sueñas, rodeándote de luces cual luciérnagas,
Que flotan cuidando tu cuerpo recostado en hojas secas,
Creer en un mundo que presiento, ciego, a tientas,
Caminando hacia ti, pues tu voz llama a la distancia.

¿Cuánto tiempo has tardado en construirme?
Con materiales de trigo, hojas, atardeceres y tiempo,
Reconozco tu llamado cuando en sueños te contemplo,
¿Cuánto más durará tu sueño en permitirme

Contemplar el alba y el rocío? Con ojos cerrados,
El sueño de tu amor me ha permitido
Escribir éstas líneas. Y antes que mí sueños sean borrados,
Alzare mi vista al cielo, donde sigue soñando el amor adormecido.

domingo, 29 de enero de 2012

En la oscuridad

Vendrán por mí en cualquier momento, es imposible evitarlo, después de tantos años de recorrer los mismos caminos, de los horarios fijos y las rutinas seguramente conocen todos mis movimientos, aquí escondido en éste sótano intuyo que desde hace mucho tiempo conocen mi vida entera, sabrán ya que a las diez de la mañana, todos los días, tomo un café negro, cargado, en ésta triste cafetería de la sexta avenida donde siempre me encontré con Ignacio y Lourdes. A ellos los recuerdo, trabados en esas discusiones interminables, pero siempre hablando con esa fuerza y confianza que los hacía ver como dos filósofos griegos, claro, ahora es imposible evitar que todo suceda de nuevo, que el grupo de tarea, al que llamaré "los otros", cometa un acto de barbarie más.

Ahora que los otros ya lo saben, no tuve otra alternativa pues el reloj marca las diez menos cinco, inexorable, así que es mejor que me prepare, ¿qué es lo que debe pensar un hombre sabiendo que su muerte está próxima? Recuerdo aquellos días, caminar por calles semidesiertas viendo como los rayos del sol chocaban contra los balcones de las casas bajas y roídas por el tiempo, tan lúgubres, muriendo lentamente por los orines y las eses de los animales y los indigentes, todo sigue igual. Allí pasa un bus, casi vacío. Debo caminar cinco cuadras para llegar a la cafetería, seguramente Ignacio y Lourdes ya  se encontrarán bebiendo té de limón, o jazmín, o rojo, o manzanilla, o tantos otros que ahora no logro recordar.

Recuerdo la primera vez que los conocí, había iniciado a trabajar en el bufete hacía apenas una semana, y claro como todo empleado nuevo, medroso de lo desconocido y esforzándome por agradarle a todo el mundo, acepté ir a esa cafetería que para ese entonces me era desconocida, en ese entonces pensaba que la gratitud es algo innato en toda las personas, pero bueno, cosas de principiante. Al llegar a la cafetería "Del Once", así se llamaba y continuo desconociendo la razón, me encontré con un patio lleno de vegetación colgando de cornisas de madera un poco apolilladas, mujeres y hombres indígenas sirviendo desayunos en las  pobres mesas de madera que servían de respiro a hombres oscuros, cabizbajos y soñolientos. En una mesa del fondo, se  encontraba un hombre de aproximadamente veinticinco años, con un aspecto un poco distraído, con la mirada fija en una taza humeante y una mujer que parecía mayor, y que movía sus brazos de forma vigorosa, que al instante me hicieron pensar que tenían una discusión.

Es extraño que hoy las cinco cuadras  parecieran menos, pero siempre que he caminado por ellas he visto algún hombre con un suéter negro, o una mujer barriendo la acera, un perro buscando alimento entre un bote de basura, un avión pasando por el cielo, el bus casi  vacío. Ésta vez fue distinto, al contestar el teléfono de la oficina escuche una voz que sin duda pertenecía al líder de los otros, en tono amenazante me dijo -hoy te morís-, mi reacción fue correr las  cinco cuadras que me separaban del bufete hacia la cafetería, no sé por qué corrí hasta aquí, tal vez el recuerdo de Ignacio y Lourdes hizo que tomara éste rumbo. Los otros ya sabrán que he salido, es posible que en éste momento estén redactando un memorial con cada uno de mis movimientos, apenas siento su presencia pero sé que están allí, posiblemente se encuentren vigilando a través de las ranuras de alguna ventana, detrás de sus cortinas.

Recuerdo que en una ocasión al pasar frente a una librería mexicana con revistas usadas en sus vitrinas, una me llamó la atención, tenía el titulo "mayo del 68", sentí escalofríos al leerlo, es un mal augurio, ellos estarán cerca, seguramente habrán colocado ésa revista como una advertencia, ellos sabían que yo la leería, siempre veo esas vitrinas.

Después de tanto tiempo la cafetería Del Once sigue siendo igual, inmune al paso del tiempo, los hombres que gravitan en su ambiente parecieran no envejecer, y el mundo opaco del exterior enmudece y se oscurece completamente en su interior. Ignacio y Lourdes no se encuentran en la mesa de costumbre, después de tantos años de reunirnos su presencia aun gravita en el ambiente. Los otros ya rondarán las afueras de la cafetería, definitivamente habrán seguido mis pasos. Siento un gran alivio de que Ignacio y Lourdes no vean mis últimos instantes, al final uno debe aceptar todos los hechos que le han acontecido, las tristezas y alegrías, los ayeres y el futuro que se corta como una tira de boletos en un juego, es el final, irremediable, y cada paso que di en mi vida ha desembocado en éste último momento, ellos, los otros, entrarán pronto en la cafetería.

Ahora que parece todo precipitarse los recuerdo tan claramente. Aquel lejano día, el primero, pedí los cafés y chocolates para los empleados del bufete, pero todo el personal se encontraba demasiado atareado y yo era solo un cliente más, así que me quede parado esperando la orden por un momento; el hombre que veía la taza fijamente alzó su mirada y con un  ademán delicado me invito a sentarme, dude por un momento y voltee para confirmar que fuera a mí a quien señalaba, luego de observar que no se encontraba nadie a mi alrededor, caminé hacia su mesa, se presentaron cordialmente -Ella es Lourdes, yo me llamo Ignacio- me dijo, al verlos de cerca advertí que ambos era jóvenes, -mucho gusto- contesté, -Aquí la comida tardan en servirla así que es mejor si espera sentado- dijo Lourdes, su voz, un poco cansada era un poco más aguda de lo que podía esperarse por su aspecto físico. -No quiero interrumpir- dije, -no, al contrario, hablábamos sobre las protestas estudiantiles que están  ocurriendo en Francia- dijo Ignacio, -¿Qué piensa al respecto?- preguntó, claro, yo había escuchado vagas noticias al respecto, pero carecía de un profundo conocimiento del tema para entrar en discusión, además,  me pareció algo extraño que dos jóvenes se reunieran en un lugar tan lúgubre para platicar sobre esa clase de temas.-Creo que no conozco demasiado el tema para dar una opinión- contesté, -Es lo mismo en todos los países, si conoce sobre la opresión que se sufre en éste país, conocerá lo que sufren todos los hombres en el mundo- contestó Lourdes, sus palabras me parecieron una sentencia de muerte, al menos su peso parecía equivalente. En ése momento uno de los meseros entregó mi pedido en un termo y los bocadillos en una bolsa junto a unos cuantos cigarrillos. -Fue todo un gusto- susurré a modo de despedida, Ignacio y Lourdes estrecharon mi mano, no sé por qué razón después de tantos años tengo la sensación de haber visto como una lágrima asomaba en los ojos de Lourdes, quien sabe, los recuerdos se entrecruzan.

Al salir de la cafetería me encontré por segunda vez aquel bus casi vacío, apenas unas personas observaban con la mirada perdida las calles.  Aquel día terminó con un profundo sentimiento de tristeza. En el bufete se atendían casos de asesinatos y desapariciones reportadas hacía ya muchos años. Todos los que trabajaban en ese lugar tendían al pesimismo pues consideraban que después de tantos años era casi imposible lograr dar con el paradero de alguien, lograr una sentencia favorable a las víctimas, o apenas encontrar a los culpables.

El café Del Once se llena de sombras y luces, las sombras de los comensales se aparta, cede, y todo se vuelve como  un negativo de fotografía, allí, en la esquina con esa mesa roída, Ignacio y Lourdes se conocieron, allí la casualidad que quiso ser  destino los unió. Aún el mundo pobre y derrotado que se cae a pedazos es capaz de unir almas y los volvió unos pobres muñecos remendados,  con vendas en el cuerpo, en los ojos, y su pecado fue que el amor les salía por los ojos, por las manos.

Siento el final tan cercano, y el golpe de toda una vida estremeciéndose en mi rostro, los otros ya estarán buscándome en el primer nivel,  yo, después de tantos años, conozco el lugar a la perfección. Aquí recostado en éste sótano inundado de oscuridad, el dilatado fin arrancará el sueño de éste cuerpo, de ésta profunda tristeza que me hace pensar que Ignacio y Lourdes, sus cuerpos, no ellos, estarán con los ojos vendados, con las manos atadas, los cuerpos juntos bajo la tierra, junto con otros miles de cuerpos sin nombre. Tan solo mi recuerdo los salva en éste mundo. Apenas la mesa con sus nombres gravados con navaja prueba su existencia. Mi memoria, que es un suspiro, un grito ahogado en éste sótano silencioso, los salvará por unos instantes más. Después de mi, no estarán más en éste mundo. Los debo de salvar, queda poco tiempo.

Ignacio y Lourdes dieron su vida por sus ideales, después de conocerse en el café del Once compartieron cada día juntos, y también junto a los hombres de los callejones oscuros, junto a los niños del basurero, junto a los hombres que bajan en cuadrillas a los barrancos. Sus sombras recorrieron los hogares mas desposeídos, y poco a poco en sus rostros el dolor del mundo se fue impregnando.

Yo solo compartí junto a ellos unos pocos momentos, los suficientes para que me cambiaran la vida. Nos encontrábamos en el café del Once, casi todas las semanas, luego del primer encuentro, del descubrimiento de quienes eran verdaderamente, no pude  dejar de asistir. Pareciera que fue solo un sueño. La última vez que los vi fue en septiembre del setenta y siete, no en el café, sino en un callejón desierto, atrapados por la lluvia, corrían protegiéndose. Llevaban unos cuantos libros en sus manos e Ignacio protegía a  Lourdes con un pedazo de cartón.

No supe lo que sucedió ese día, hasta que años después escuchamos el testimonio de uno de los testigos. Los otros los perseguían desde hacía mucho tiempo, habían utilizado tácticas de terror psicológico.  Los interceptaron al salir del callejón, eran aproximadamente diez hombres armados y ocultaban su rostro. Eso es lo que dicen los pocos testigos.

Los recuerdo claramente, ya no queda nada más. Solo su recuerdo. Que importa el dolor, la soledad, el frío invierno de mis pasos. Si tan solo pudiera despertar junto a ellos, saltar todo lo que se viene sobre mí, el terror. Quiero despertar de nuevo, porque pareciera que ya he muerto, aquí, esperando a que los otros vengan, esperando ser asesinado.

Que importa en realidad que harán con mi cuerpo, ya no sentiré nada, con los ojos entreabiertos me he de ir, que importa el desorden, que importa los charcos de sangre si al final nadie los verá, todos al pasar voltearán su rostro, indiferentes, seré solo un número y un símbolo.

Conmigo mueren Ignacio y Lourdes, estaremos juntos en dos lugares, estaremos juntos cerca de un barranco donde los buitres rondan a baja altura y estaremos diáfanos, perennes en cualquier otro lugar. 

En el año ochenta y tres encontré sobre el escritorio, entre los tantos papeles olvidados, en ese desorden donde cada cosa encontraba un lugar donde perderse, un sobre con unas cuantas fotografías, Lourdes aparecía en todas ellas, en la región del Ixcán habían ocurrido, según los últimos reportes, desapariciones forzadas, tortura y otras formas del terror, en sí, un desgarramiento del alma, tanto de aquellos que habían cometido aquellos actos de barbarie como los que habían sufrido aquel horror.
Lourdes había llegado a aquellos lugares poco después de ocurrido lo mencionado, había establecido un puesto de ayuda en una de las iglesias del lugar y atendía a quien lo necesitara bajo el nombre de María.

Fueron días arduos, así lo mostraban aquellas fotografías, era posible ver como su rostro se iba apagando a través de las imágenes, a través del tiempo.
Ella me confesó, en una  de las tantas reuniones en el café Del Once, que el miedo había invadido sus pensamientos a tal punto que le era imposible dormir. El insomnio hizo que su salud  decayera y su estabilidad emocional se vino abajo. Estuvo a unos cuantos metros de cruzar la línea entre la cordura y la pérdida de la razón.
Al cabo de un año tuvo que volver a la ciudad, su visión del mundo no sería la misma desde entonces. Parecía que la misma vida le hubiese quitado un velo de la cara, que ahora su visión era más clara, parecía que los años que le faltaban por vivir se hubiesen comprimido en uno solo y que todo el cansancio, toda la tristeza y soledad se hubiesen anidado en sus parpados. Claro, el amor le seguía saliendo por los ojos, por la boca, por sus pasos y por su voz. Después de haber perdido a toda su familia todo su amor lo dedicó a quien la rodeaba, a su prójimo del Ixcán, al prójimo enterrado en campos, al desaparecido entre las aguas turbulentas de un río, a Ignacio en la montaña. Fue la voz de  aquellos, fue las manos de un padre, la voz de una hermana, el abrazo de un hijo, todo lo dio y a cambio la tristeza y la soledad que le entregaban la iba guardando entre sus manos.
A su regreso a la capital se hospedó en un hotel situado en la zona uno, con apenas unas cuantas monedas en sus bolsillos. Tuvo que esperar el regreso de Ignacio. Ella desbordaba su angustia sobre mí en aquellos días pues no recibía ni una sola noticia de él. –Es lo único que me queda- repetía una y otra vez.
Al término de una semana Ignacio pudo volver, aquel día celebramos el reencuentro, mis amigos, mis hermanos. Los tres caminando bajo la lluvia torrencial, siempre caminando hacia el café Del Once. Aquel día nuestros lazos se unieron para siempre.

¿De qué manera podía haber sabido que era la última vez que los vería?, si tan solo pudiera decirles lo que siento.

¿Qué puedo hacer ahora? ¿Dónde está Lourdes? ¿Dónde está Ignacio? ¿Dónde los han dejado?, sus cuerpos, sus rostros, sus manos que no se mueven mas, su sincero saludo, no tengo más la fuerza de sus ideales. Recuerdo ahora la Odisea, recuerdo a Príamo besando la mano de Aquiles. Al menos Príamo sabía quien había cerrado los ojos de su hijo.

No sé por qué sigo pensando en ello, no sé por qué aun recuerdo aquella revista “mayo del 68”, no sé por qué mi mente no puede olvidar. Ignacio, Lourdes, ambos me regalaron algo que nunca podré dejar de lado, el claro entendimiento de mis responsabilidades con el mundo, la verdadera necesidad del cambio.
Mi voz servirá solo para mantenerlos en éste mundo un poco más.
Sí, allí vienen, escucho pasos bajar por las escaleras.
¿Qué veré entre ésta oscuridad?
No escucho nada, no entiendo que sucede, los pasos se detuvieron.
Una ráfaga de luz, un fuerte sonido.
Ignacio, Lourdes. 

domingo, 16 de octubre de 2011

Vida y obra de un sueño



¿Dónde está el cerezo?, ¿la mañana?, ¿los días que fueron o pudieron ser?
se disuelve todo entre nuestras manos, entre la memoria o el olvido,
la eternidad guardará aquello que fue y no será, los días juntos
y las noches de estrellas, la lluvia sobre nuestros rostros.

Una historia o un sueño podría ser,
tantos deseos, aquello que comenzó en la mañana y continúa en el ocaso,
ahora solo en la contemplación de la memoria o la imaginación.

Somos un sueño que se quiebra bajo el sol,
somos la ola que pega contra la roca,
una constante desilusión, apenas unas gotas
llegan a la orilla, pero en esas gotas todo el mar.

sábado, 8 de octubre de 2011

Silencio

Hace dos semanas que no escucho algún sonido a través de las paredes, toda la casa parece que ha sido abandonada, apenas si logro comprender que ha sucedido, es extraño el gris que ha teñido las paredes, los muebles, el piso, los espejos  y mi reflejo.
El último sonido que escuche fue el de una silla caer, no sé cómo sucedió, no hay rostro alguno que se refleje en los espejos, no hay otros seres vivos, la desolación agobia mis días más y más. Ése golpe seco de madera que ahora se extiende en la eternidad agudiza mi espera.
Mis expectativas han ido decreciendo, inicie esperando un trinar de un ave, el sonido del viento o de la lluvia, ahora, imploro la dicha de una roca rodar, de la madera expandiéndose con el frio. Hace ya dos semanas. He perdido ya la cuenta del tiempo que no he escuchado una voz, una palabra, la irrupción del idioma en el viento, el símbolo articulado de unos labios y un sonido.
La alquimia de las palabras permanece en mi memoria, aunque difusa, pues poco a poco la borra el tiempo e intuyo que la acabaré perdiendo junto a mi propia existencia. La memoria de mi vida va acabando, y su fuego opacándose incesantemente.
Ahora que el último sonido del mundo ha sido una silla caer, la memoria de las voces que se alzaron en mi vida parece que se incendia en una explosión donde todo se revela y se pierde al mismo tiempo. Yo ya no soy sonido, ahora soy parte de la nada que se cierne lentamente. Ahora, que la memoria también se perderá cuando mi último suspiro se inhale, ahora que el llanto cese, cerrare mis ojos, no, no habrá más sonido. 

domingo, 2 de octubre de 2011

El nuevo, el antiguo

Despertaste, lo recuerdas? viendo hacia el cielo, viendo las nubes, el sol, los rostros tristes del ocaso, del pasado, y despiertas al amanecer, o en el ocaso,
en el palido sonido de una noche, o de una tarde, despertaste, nuevamente, y sientes algo nuevo, sin saber que es, solo los rostros del
pasado, entre las nubes, te acompañan, desde niño, desde tu nacimiento, has vuelto a nacer, pero tus miedos siguen, y eres el mismo hombre,
el que siempre has sido, que siente algo nuevo, que siente el palido destello de la luz del día, nuevamente,
el roce del viento contra tu rostro, pero eres el mismo,
y eres otro, otro que duerme, que descanza, otro que sueña y que pide, que necesita y que da, el mismo, el otro, el que siente algo nuevo
el que ve rostros del pasado. Ves el cielo, las nubes, la noche, el ocaso, la mañana, y todo es nuevo, y todo ya ha sido,
todo ha empobrecido, se ha hecho mas antiguo, y es nuevo.

Allí estás, despertando, es un sueño, es la vigilia, es el lento despertar que te depara la mañana o el ocaso. Eres tu, el que siempre has sido. El reflejo que vierten los espejos,
el mismo hombre, el otro, el que has sido, el pasado y el futuro, todo aquello que no existe, eres cada respiro, y el recuerdo del que ha sido, y el respiro que será,
el incierto.

lunes, 25 de julio de 2011

Sueño

Y poco a poco voy cediendo, sin poder evitar el sueño que golpea los ojos lentamente, y todo se llena de silencio y de luz, de viento, de tiempo, de ese lugar donde solo el sueño es posible, el rasgar del viento por las hojas, el susurro de ese viento que arremolina las hojas de los árboles y las manda a volar contra nuestro cabello, allí harán sus nidos las ilusiones y los sueños, allí donde caigo acostado a ver el cielo, allí en esa noche, con viento y con estrellas, con cielo disperso, con amable sensación de caricia de la hierba, allí nuevamente voy durmiendo, y despierto en una habitación, y me pregunto, ¿es el cielo estrellado o ésta habitación la que deseo que sea real? Mejor soñar y desear, mejor luchar por que se vuelva real, ese cielo y ese viento, porque allí es donde he de estar.