domingo, 29 de enero de 2012

En la oscuridad

Vendrán por mí en cualquier momento, es imposible evitarlo, después de tantos años de recorrer los mismos caminos, de los horarios fijos y las rutinas seguramente conocen todos mis movimientos, aquí escondido en éste sótano intuyo que desde hace mucho tiempo conocen mi vida entera, sabrán ya que a las diez de la mañana, todos los días, tomo un café negro, cargado, en ésta triste cafetería de la sexta avenida donde siempre me encontré con Ignacio y Lourdes. A ellos los recuerdo, trabados en esas discusiones interminables, pero siempre hablando con esa fuerza y confianza que los hacía ver como dos filósofos griegos, claro, ahora es imposible evitar que todo suceda de nuevo, que el grupo de tarea, al que llamaré "los otros", cometa un acto de barbarie más.

Ahora que los otros ya lo saben, no tuve otra alternativa pues el reloj marca las diez menos cinco, inexorable, así que es mejor que me prepare, ¿qué es lo que debe pensar un hombre sabiendo que su muerte está próxima? Recuerdo aquellos días, caminar por calles semidesiertas viendo como los rayos del sol chocaban contra los balcones de las casas bajas y roídas por el tiempo, tan lúgubres, muriendo lentamente por los orines y las eses de los animales y los indigentes, todo sigue igual. Allí pasa un bus, casi vacío. Debo caminar cinco cuadras para llegar a la cafetería, seguramente Ignacio y Lourdes ya  se encontrarán bebiendo té de limón, o jazmín, o rojo, o manzanilla, o tantos otros que ahora no logro recordar.

Recuerdo la primera vez que los conocí, había iniciado a trabajar en el bufete hacía apenas una semana, y claro como todo empleado nuevo, medroso de lo desconocido y esforzándome por agradarle a todo el mundo, acepté ir a esa cafetería que para ese entonces me era desconocida, en ese entonces pensaba que la gratitud es algo innato en toda las personas, pero bueno, cosas de principiante. Al llegar a la cafetería "Del Once", así se llamaba y continuo desconociendo la razón, me encontré con un patio lleno de vegetación colgando de cornisas de madera un poco apolilladas, mujeres y hombres indígenas sirviendo desayunos en las  pobres mesas de madera que servían de respiro a hombres oscuros, cabizbajos y soñolientos. En una mesa del fondo, se  encontraba un hombre de aproximadamente veinticinco años, con un aspecto un poco distraído, con la mirada fija en una taza humeante y una mujer que parecía mayor, y que movía sus brazos de forma vigorosa, que al instante me hicieron pensar que tenían una discusión.

Es extraño que hoy las cinco cuadras  parecieran menos, pero siempre que he caminado por ellas he visto algún hombre con un suéter negro, o una mujer barriendo la acera, un perro buscando alimento entre un bote de basura, un avión pasando por el cielo, el bus casi  vacío. Ésta vez fue distinto, al contestar el teléfono de la oficina escuche una voz que sin duda pertenecía al líder de los otros, en tono amenazante me dijo -hoy te morís-, mi reacción fue correr las  cinco cuadras que me separaban del bufete hacia la cafetería, no sé por qué corrí hasta aquí, tal vez el recuerdo de Ignacio y Lourdes hizo que tomara éste rumbo. Los otros ya sabrán que he salido, es posible que en éste momento estén redactando un memorial con cada uno de mis movimientos, apenas siento su presencia pero sé que están allí, posiblemente se encuentren vigilando a través de las ranuras de alguna ventana, detrás de sus cortinas.

Recuerdo que en una ocasión al pasar frente a una librería mexicana con revistas usadas en sus vitrinas, una me llamó la atención, tenía el titulo "mayo del 68", sentí escalofríos al leerlo, es un mal augurio, ellos estarán cerca, seguramente habrán colocado ésa revista como una advertencia, ellos sabían que yo la leería, siempre veo esas vitrinas.

Después de tanto tiempo la cafetería Del Once sigue siendo igual, inmune al paso del tiempo, los hombres que gravitan en su ambiente parecieran no envejecer, y el mundo opaco del exterior enmudece y se oscurece completamente en su interior. Ignacio y Lourdes no se encuentran en la mesa de costumbre, después de tantos años de reunirnos su presencia aun gravita en el ambiente. Los otros ya rondarán las afueras de la cafetería, definitivamente habrán seguido mis pasos. Siento un gran alivio de que Ignacio y Lourdes no vean mis últimos instantes, al final uno debe aceptar todos los hechos que le han acontecido, las tristezas y alegrías, los ayeres y el futuro que se corta como una tira de boletos en un juego, es el final, irremediable, y cada paso que di en mi vida ha desembocado en éste último momento, ellos, los otros, entrarán pronto en la cafetería.

Ahora que parece todo precipitarse los recuerdo tan claramente. Aquel lejano día, el primero, pedí los cafés y chocolates para los empleados del bufete, pero todo el personal se encontraba demasiado atareado y yo era solo un cliente más, así que me quede parado esperando la orden por un momento; el hombre que veía la taza fijamente alzó su mirada y con un  ademán delicado me invito a sentarme, dude por un momento y voltee para confirmar que fuera a mí a quien señalaba, luego de observar que no se encontraba nadie a mi alrededor, caminé hacia su mesa, se presentaron cordialmente -Ella es Lourdes, yo me llamo Ignacio- me dijo, al verlos de cerca advertí que ambos era jóvenes, -mucho gusto- contesté, -Aquí la comida tardan en servirla así que es mejor si espera sentado- dijo Lourdes, su voz, un poco cansada era un poco más aguda de lo que podía esperarse por su aspecto físico. -No quiero interrumpir- dije, -no, al contrario, hablábamos sobre las protestas estudiantiles que están  ocurriendo en Francia- dijo Ignacio, -¿Qué piensa al respecto?- preguntó, claro, yo había escuchado vagas noticias al respecto, pero carecía de un profundo conocimiento del tema para entrar en discusión, además,  me pareció algo extraño que dos jóvenes se reunieran en un lugar tan lúgubre para platicar sobre esa clase de temas.-Creo que no conozco demasiado el tema para dar una opinión- contesté, -Es lo mismo en todos los países, si conoce sobre la opresión que se sufre en éste país, conocerá lo que sufren todos los hombres en el mundo- contestó Lourdes, sus palabras me parecieron una sentencia de muerte, al menos su peso parecía equivalente. En ése momento uno de los meseros entregó mi pedido en un termo y los bocadillos en una bolsa junto a unos cuantos cigarrillos. -Fue todo un gusto- susurré a modo de despedida, Ignacio y Lourdes estrecharon mi mano, no sé por qué razón después de tantos años tengo la sensación de haber visto como una lágrima asomaba en los ojos de Lourdes, quien sabe, los recuerdos se entrecruzan.

Al salir de la cafetería me encontré por segunda vez aquel bus casi vacío, apenas unas personas observaban con la mirada perdida las calles.  Aquel día terminó con un profundo sentimiento de tristeza. En el bufete se atendían casos de asesinatos y desapariciones reportadas hacía ya muchos años. Todos los que trabajaban en ese lugar tendían al pesimismo pues consideraban que después de tantos años era casi imposible lograr dar con el paradero de alguien, lograr una sentencia favorable a las víctimas, o apenas encontrar a los culpables.

El café Del Once se llena de sombras y luces, las sombras de los comensales se aparta, cede, y todo se vuelve como  un negativo de fotografía, allí, en la esquina con esa mesa roída, Ignacio y Lourdes se conocieron, allí la casualidad que quiso ser  destino los unió. Aún el mundo pobre y derrotado que se cae a pedazos es capaz de unir almas y los volvió unos pobres muñecos remendados,  con vendas en el cuerpo, en los ojos, y su pecado fue que el amor les salía por los ojos, por las manos.

Siento el final tan cercano, y el golpe de toda una vida estremeciéndose en mi rostro, los otros ya estarán buscándome en el primer nivel,  yo, después de tantos años, conozco el lugar a la perfección. Aquí recostado en éste sótano inundado de oscuridad, el dilatado fin arrancará el sueño de éste cuerpo, de ésta profunda tristeza que me hace pensar que Ignacio y Lourdes, sus cuerpos, no ellos, estarán con los ojos vendados, con las manos atadas, los cuerpos juntos bajo la tierra, junto con otros miles de cuerpos sin nombre. Tan solo mi recuerdo los salva en éste mundo. Apenas la mesa con sus nombres gravados con navaja prueba su existencia. Mi memoria, que es un suspiro, un grito ahogado en éste sótano silencioso, los salvará por unos instantes más. Después de mi, no estarán más en éste mundo. Los debo de salvar, queda poco tiempo.

Ignacio y Lourdes dieron su vida por sus ideales, después de conocerse en el café del Once compartieron cada día juntos, y también junto a los hombres de los callejones oscuros, junto a los niños del basurero, junto a los hombres que bajan en cuadrillas a los barrancos. Sus sombras recorrieron los hogares mas desposeídos, y poco a poco en sus rostros el dolor del mundo se fue impregnando.

Yo solo compartí junto a ellos unos pocos momentos, los suficientes para que me cambiaran la vida. Nos encontrábamos en el café del Once, casi todas las semanas, luego del primer encuentro, del descubrimiento de quienes eran verdaderamente, no pude  dejar de asistir. Pareciera que fue solo un sueño. La última vez que los vi fue en septiembre del setenta y siete, no en el café, sino en un callejón desierto, atrapados por la lluvia, corrían protegiéndose. Llevaban unos cuantos libros en sus manos e Ignacio protegía a  Lourdes con un pedazo de cartón.

No supe lo que sucedió ese día, hasta que años después escuchamos el testimonio de uno de los testigos. Los otros los perseguían desde hacía mucho tiempo, habían utilizado tácticas de terror psicológico.  Los interceptaron al salir del callejón, eran aproximadamente diez hombres armados y ocultaban su rostro. Eso es lo que dicen los pocos testigos.

Los recuerdo claramente, ya no queda nada más. Solo su recuerdo. Que importa el dolor, la soledad, el frío invierno de mis pasos. Si tan solo pudiera despertar junto a ellos, saltar todo lo que se viene sobre mí, el terror. Quiero despertar de nuevo, porque pareciera que ya he muerto, aquí, esperando a que los otros vengan, esperando ser asesinado.

Que importa en realidad que harán con mi cuerpo, ya no sentiré nada, con los ojos entreabiertos me he de ir, que importa el desorden, que importa los charcos de sangre si al final nadie los verá, todos al pasar voltearán su rostro, indiferentes, seré solo un número y un símbolo.

Conmigo mueren Ignacio y Lourdes, estaremos juntos en dos lugares, estaremos juntos cerca de un barranco donde los buitres rondan a baja altura y estaremos diáfanos, perennes en cualquier otro lugar. 

En el año ochenta y tres encontré sobre el escritorio, entre los tantos papeles olvidados, en ese desorden donde cada cosa encontraba un lugar donde perderse, un sobre con unas cuantas fotografías, Lourdes aparecía en todas ellas, en la región del Ixcán habían ocurrido, según los últimos reportes, desapariciones forzadas, tortura y otras formas del terror, en sí, un desgarramiento del alma, tanto de aquellos que habían cometido aquellos actos de barbarie como los que habían sufrido aquel horror.
Lourdes había llegado a aquellos lugares poco después de ocurrido lo mencionado, había establecido un puesto de ayuda en una de las iglesias del lugar y atendía a quien lo necesitara bajo el nombre de María.

Fueron días arduos, así lo mostraban aquellas fotografías, era posible ver como su rostro se iba apagando a través de las imágenes, a través del tiempo.
Ella me confesó, en una  de las tantas reuniones en el café Del Once, que el miedo había invadido sus pensamientos a tal punto que le era imposible dormir. El insomnio hizo que su salud  decayera y su estabilidad emocional se vino abajo. Estuvo a unos cuantos metros de cruzar la línea entre la cordura y la pérdida de la razón.
Al cabo de un año tuvo que volver a la ciudad, su visión del mundo no sería la misma desde entonces. Parecía que la misma vida le hubiese quitado un velo de la cara, que ahora su visión era más clara, parecía que los años que le faltaban por vivir se hubiesen comprimido en uno solo y que todo el cansancio, toda la tristeza y soledad se hubiesen anidado en sus parpados. Claro, el amor le seguía saliendo por los ojos, por la boca, por sus pasos y por su voz. Después de haber perdido a toda su familia todo su amor lo dedicó a quien la rodeaba, a su prójimo del Ixcán, al prójimo enterrado en campos, al desaparecido entre las aguas turbulentas de un río, a Ignacio en la montaña. Fue la voz de  aquellos, fue las manos de un padre, la voz de una hermana, el abrazo de un hijo, todo lo dio y a cambio la tristeza y la soledad que le entregaban la iba guardando entre sus manos.
A su regreso a la capital se hospedó en un hotel situado en la zona uno, con apenas unas cuantas monedas en sus bolsillos. Tuvo que esperar el regreso de Ignacio. Ella desbordaba su angustia sobre mí en aquellos días pues no recibía ni una sola noticia de él. –Es lo único que me queda- repetía una y otra vez.
Al término de una semana Ignacio pudo volver, aquel día celebramos el reencuentro, mis amigos, mis hermanos. Los tres caminando bajo la lluvia torrencial, siempre caminando hacia el café Del Once. Aquel día nuestros lazos se unieron para siempre.

¿De qué manera podía haber sabido que era la última vez que los vería?, si tan solo pudiera decirles lo que siento.

¿Qué puedo hacer ahora? ¿Dónde está Lourdes? ¿Dónde está Ignacio? ¿Dónde los han dejado?, sus cuerpos, sus rostros, sus manos que no se mueven mas, su sincero saludo, no tengo más la fuerza de sus ideales. Recuerdo ahora la Odisea, recuerdo a Príamo besando la mano de Aquiles. Al menos Príamo sabía quien había cerrado los ojos de su hijo.

No sé por qué sigo pensando en ello, no sé por qué aun recuerdo aquella revista “mayo del 68”, no sé por qué mi mente no puede olvidar. Ignacio, Lourdes, ambos me regalaron algo que nunca podré dejar de lado, el claro entendimiento de mis responsabilidades con el mundo, la verdadera necesidad del cambio.
Mi voz servirá solo para mantenerlos en éste mundo un poco más.
Sí, allí vienen, escucho pasos bajar por las escaleras.
¿Qué veré entre ésta oscuridad?
No escucho nada, no entiendo que sucede, los pasos se detuvieron.
Una ráfaga de luz, un fuerte sonido.
Ignacio, Lourdes. 

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